Para algunos fue más fácil, desde niños sabiendo lo que era el arte mientras jugaban, poniéndole nombre a las cosas, a través de papá escritor, o mamá libre y diferente; con las palabras artificiosas disueltas en el yogur y los libros amontonados en caos, como a mí me gustan.
Yo no. Yo no sabía que era ese latido; yo me encerraba en un baño del cole a preguntarme qué era exactamente ese modo de declinar en latín los nombres de la gente, ese hambre de nombrar que yo tenía, esa manera de vestir al mundo con papel celofán que tan bien se me daba.
Poesía.
Y no, papá no es escritor y mamá no tiene tiempo de saber quién es.
Pero, las palabras, allí estaban, a mi lado, a cada lugar que yo iba, nombrando mis penas: en formato cuento o a modo de lírica punzante.
Y hasta hoy.
A mí me daba mi abuela las palabras disueltas en la sopa, advirtiéndome de lo complicado que podría ser todo. Y vaya que si lo fue.
Pero aprendí a contarme historias, a contarme mi historia, a crear mi personaje, a hacerme una descripción propia elevando lo que yo creía que era bonito de mí y que nunca nadie me decía.
Y, sabiendo cada falla en la que habito desde la cuna, anido en los libros, en los poemas, en la tristeza encapsulada en un punto exacto del pecho, contenida, contingente, hasta explotar en palabras.