martes, 11 de agosto de 2015


Qué ironía que algunas puertas no te lleven a la salida, ¿verdad?

Que escapar te acerque un poco más a aquello de lo que te alejas.

La vida es pura ironía. Y, a veces, no puedo evitar que me encante.

Unos salen antes que otros, incluso consiguen pasearse; los otros, lo ven:
 

Es aquel lugar, el mismo sitio y las mismas pulsiones y, tal vez, nunca hayan salido,

pero lo saben.

Y eso, amor mío, es una ventaja.

Lo malo de las ironías es que son la belleza más salvaje de la contradicción.

Lo bueno es que te contradicen.
 
 
 

 

 

miércoles, 5 de agosto de 2015

...


Aquellas tardes estaban como sacadas del cuento más bello, de la canción más triste, de los amigos que se van y nunca se marchan, de los besos desesperados de dos personas que se salvan hermosamente de la soledad, de los paseos al lado del amor, de las calcomanías que se pegan los niños en los brazos.

Con la luz justa y las palabras estallando en el momento preciso, diciendo justo lo único que en ese momento se debía oír.

Por eso la idea de que aquello acabaría siendo basura, que acabaría rodeado de moscas y de recuerdos que taladran el hígado, volaba. Por eso el serrín de los bares era polvo de hadas, y las canciones de desamor del rock más imbécil eran la banda sonora del peliculón del verano.

Por eso tú eras perfecto, una pulcra obra de ingeniería hecha con los pedacitos que le faltaban a mi puzle de carencias.

Pensar mataba, bang, bang. Y yo no pensaba.

Mirarnos las taras nos dejaría huecos como latas, clonk, clonk. Y yo miraba tus remates bonitos.

 

Aquellas noches se deslizaban despacio como el whisky por mi garganta. Música. Risas. Discurrir barato y sencillo. Mis zapatos. Tu camisa. Los besos. Un taxi, y hacer el amor.

 

Y, por si se pudiera pedir más, todavía otro día se disponía a amanecer.

 

Debí haberme quedado pegada a tus babas, no haber dejado de disertar acerca de chorradas mágicas. Lo importante, ¿qué era?

 Debí haberte enterrado en serrín y cantarte, para siempre, canciones del rock más imbécil. Haberte mostrado mis carencias.

Haberte matado: bang, bang.

Haberte hecho el amor en algún taxi.

Y haber detenido cualquier posibilidad de amanecer.

 

martes, 12 de mayo de 2015

Hasta explotar en palabras

Para algunos fue más fácil, desde niños sabiendo lo que era el arte mientras jugaban, poniéndole nombre a las cosas, a través de papá escritor, o mamá libre y diferente; con las palabras artificiosas disueltas en el yogur y los libros amontonados en caos, como a mí me gustan.

Yo no. Yo no sabía que era ese latido; yo me encerraba en un baño del cole a preguntarme qué era exactamente ese modo de declinar en latín los nombres de la gente, ese hambre de nombrar que yo tenía, esa manera de vestir al mundo con papel celofán que tan bien se me daba.

Poesía.

Y no, papá no es escritor y mamá no tiene tiempo de saber quién es.

Pero, las palabras, allí estaban, a mi lado, a cada lugar que yo iba, nombrando mis penas: en formato cuento o a modo de lírica punzante.

Y hasta hoy.

A mí me daba mi abuela las palabras disueltas en la sopa, advirtiéndome de lo complicado que podría ser todo. Y vaya que si lo fue.
Pero aprendí a contarme historias, a contarme mi historia, a crear mi personaje, a hacerme una descripción propia elevando lo que yo creía que era bonito de mí y que nunca nadie me decía.

Y, sabiendo cada falla en la que habito desde la cuna, anido en los libros, en los poemas, en la tristeza encapsulada en un punto exacto del pecho, contenida, contingente, hasta explotar en palabras.

domingo, 15 de marzo de 2015

Juro con sangre que aún te quiero


Cuando menstruo, no solo me desangro hacia afuera. Una hemorragia, cerca de la costilla que un día estuvo enferma, se me desagua y no sé qué hacer con tanta emoción que sale de ahí hacia afuera. Es como disiparse, volatilizarse hacia algún lugar en el techo, próximo a las copas de los árboles; un fueguito de amor, de rabia, de frustraciones, de penas.

Cuando ovulo, sigues siendo tú el huevo no nacido que expulsa mis entrañas. Vuelvo a llorar por tu muerte, porque te me vas entre las piernas, porque no he conseguido hacer de ti una vida palpitante, un futuro amarillo y dirigido. Unas fotos oxidadas algún día.

Menstruando, alguna vez, me hice un pequeño ovillo junto a tu chaqueta de lana. Insoportable y llorosa, pero feliz, al cabo, porque tú estabas cerca. Cuando ovulaba, entonces, me dolía ver nuestro amor hecho jirones, la imposibilidad de darle un futuro amarillo y dirigido. Unas fotos oxidadas algún día.

Hoy, lejos de tu chaqueta de lana –la de los botones en los hombros- me duelo en tu costilla herida, que lastima en amarillo y es el único recuerdo oxidado que conservaré algún día.

Te me desangras, amor.

No nacido sales, de nuevo, de mis entrañas.

Vuelvo a llorar por tu muerte.

Porque te me vas entre las piernas.

 

A Patricia Heras


Me entero tarde de tu historia, a destiempo (como me sucede con todo), y me devasta. Me quedo tan petrificada por fuera y tan efervescente por dentro, que no me queda más remedio que admitir que, desde entonces, sufro algún trastorno. Me obsesioné: primero, el documental vino a removerme las entrañas, a hilvanar mis arterias con hilos de terror, a desencajar mi mandíbula, a no tener más remedio que admitir que vivo en un sistema nauseabundo, a asumir que los seres humanos podemos ser los peores verdugos del resto de seres humanos en pos de los intereses más viles. Siento miedo. Las lágrimas me asfixian.

Después, corro a buscarte entre tus letras. A saber quién fue esa pobre víctima inocente y entonces te descubro. Creo que me enamoro un poco de ti en tu blog: chica inteligente, con un sentido del humor brillante, una sensibilidad literaria innegable, una forma de mirar propia, una sexualidad suya, un modo de vivir libre. Y una pena. Sea la que sea. Crónica. Una enfermedad del alma, una heridita emocional antigua. Tal vez un dolor que mitigar a diario; tal vez con letras, tal vez con drogas, tal vez con sexo. No sé si todo fue válido, o nada fue suficiente. Tu suicidio llega, no sé si a tiempo, pero viene a lo mismo. Entonces, vuelas.

Luego veo tus fotos. Eras francamente guapa, casi tanto como por dentro. Estabas, paradójicamente, tan viva, poeta muerta.

Yo también escribo, yo también tengo una heridita antigua que se remonta al principio de los tiempos, algo emocional, supongo. Yo tampoco entiendo nada, como tú cuentas. Pero yo no soy tan valiente como tú, yo me conformo y acato.

Tú no dejaste que la injusticia te robara las alas. Pudiste con el miedo, con la parálisis. Pudiste con el cuento que se estaban inventando.

Volaste.

 Feliz viaje, Patricia. Ojalá tu esencia impregne los vientres de las próximas mujeres apunto de parir, porque necesitamos más guerreras como tú. Es una cuestión urgente.

 
Tu amor dolía. Era algo así como ir tirando del padrastro del dedo meñique hasta la sangre y vuelta a empezar, al día siguiente; mejor aún, si las plaquetas ya habían acudido al festín.

Tu amor dolía. Si me decías que me amabas, se derrumbaban sobre mi cabeza todos los edificios de la ciudad; y ese terror a que, lo que me daba la vida, me la fuera quitando. Después, una nube de polvo no me dejaba ver hasta dónde llegaba el desastre, ni dónde me encontraba yo, en medio de todo eso.

Tu amor dolía porque, si me lo confesabas, en tus ojos punzaba la posibilidad de abandonarme: un minuto después. Antes de haber acabado la frase, incluso.

Tu amor dolía tanto. Y yo me sentía tan pequeña, tan mísera, tan desgraciada de haber sido bendecida con esa suerte de querer. Con esa leyenda, con ese rumor de viejas desdentadas.

El misterio de por qué tanto miedo. Tanto vértigo. Tanto dolor.

Tu amor dolía como te duele cuando escuchas la canción que más has amado, esa melodía que se te clava justo debajo de las costillas y lloras. Lloras porque qué felicidad reconocer la belleza del desastre y, a pesar de, acudir corriendo en su búsqueda. Lanzarte al vacío y, en el primer segundo, advertir lo rápido que vas a estrellarte.


sábado, 14 de marzo de 2015

14 de marzo del 2015. Me rindo


Salir a buscarte ha sido una tarea que me ha dejado exhausta. Tantos tejados en esta ciudad, tantos rostros: rápidos, que se acercan, que ya no están.  Tantos pasos en balde, tanto pensarte en las plazoletas, recordarte en los pasos de cebra, llorarte en Gran Vía…

Me rindo, amor.  Te has esfumado.

Igual de ágil que te perdías en las sombras de la noche, o me hacías requiebros en las calles, cuando eras engullido por alguna puerta que yo nunca alcanzaba a ver.

Madrid era un cuadrilátero entonces; ahora, es un engranaje dentado y lleno de vueltas. Si antes te me escurrías entre las manos, ahora estoy casi convencida de que este amor me lo he inventado.

He sido constante como un niño con un castillo de arena, pero creo que me caigo, que ya no llego. Que esta niña se ha extraviado y nunca volverá a casa.