Cuando menstruo, no solo me desangro hacia afuera. Una
hemorragia, cerca de la costilla que un día estuvo enferma, se me desagua y no sé
qué hacer con tanta emoción que sale de ahí hacia afuera. Es como disiparse,
volatilizarse hacia algún lugar en el techo, próximo a las copas de los
árboles; un fueguito de amor, de rabia, de frustraciones, de penas.
Cuando ovulo, sigues siendo tú el huevo no nacido que
expulsa mis entrañas. Vuelvo a llorar por tu muerte, porque te me vas entre las
piernas, porque no he conseguido hacer de ti una vida palpitante, un futuro
amarillo y dirigido. Unas fotos oxidadas algún día.
Menstruando, alguna vez, me hice un pequeño ovillo junto a
tu chaqueta de lana. Insoportable y llorosa, pero feliz, al cabo, porque tú estabas
cerca. Cuando ovulaba, entonces, me dolía ver nuestro amor hecho jirones, la
imposibilidad de darle un futuro amarillo y dirigido. Unas fotos oxidadas algún
día.
Hoy, lejos de tu chaqueta de lana –la de los botones en los
hombros- me duelo en tu costilla herida, que lastima en amarillo y es el único recuerdo
oxidado que conservaré algún día.
Te me desangras, amor.
No nacido sales, de nuevo, de mis entrañas.
Vuelvo a llorar por tu muerte.
Porque te me vas entre las piernas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario