Mi nombre de pila, que
no tuvo sacramento alguno,
dictado despacio desde el aforismo
que tengo fijado en el lunar sobre el lado
izquierdo de mi labio.
Mi nombre apenas musitado desde mis propias
vocales
y, hasta allí, la queja, mi hambre,
el axioma del hueco de cualquiera de mis
sístoles.
Gritando.
Qué otro idioma
emplear, si no este aullido
que clama desde lo justo, desde lo bello.
Tengo por hobby destronar príncipes dibujados por sí mismos
a mano alzada,
Me entretengo en quitarles calzas y ropajes, colocándolos
desnudos ante mi impertinencia.
¿Quién te dio el cetro, capitán, que no te puso sobre aviso
acerca de los salvajes?