Me entero tarde de tu historia, a destiempo (como me sucede
con todo), y me devasta. Me quedo tan petrificada por fuera y tan efervescente
por dentro, que no me queda más remedio que admitir que, desde entonces, sufro
algún trastorno. Me obsesioné: primero, el documental vino a removerme las
entrañas, a hilvanar mis arterias con hilos de terror, a desencajar mi
mandíbula, a no tener más remedio que admitir que vivo en un sistema
nauseabundo, a asumir que los seres humanos podemos ser los peores verdugos del
resto de seres humanos en pos de los intereses más viles. Siento miedo. Las
lágrimas me asfixian.
Después, corro a buscarte entre tus letras. A saber quién
fue esa pobre víctima inocente y entonces te descubro. Creo que me enamoro un
poco de ti en tu blog: chica inteligente, con un sentido del humor brillante,
una sensibilidad literaria innegable, una forma de mirar propia, una sexualidad
suya, un modo de vivir libre. Y una pena. Sea la que sea. Crónica. Una
enfermedad del alma, una heridita emocional antigua. Tal vez un dolor que
mitigar a diario; tal vez con letras, tal vez con drogas, tal vez con sexo. No
sé si todo fue válido, o nada fue suficiente. Tu suicidio llega, no sé si a
tiempo, pero viene a lo mismo. Entonces, vuelas.
Luego veo tus fotos. Eras francamente guapa, casi tanto como
por dentro. Estabas, paradójicamente, tan viva, poeta muerta.
Yo también escribo, yo también tengo una heridita antigua
que se remonta al principio de los tiempos, algo emocional, supongo. Yo tampoco
entiendo nada, como tú cuentas. Pero yo no soy tan valiente como tú, yo me
conformo y acato.
Tú no dejaste que la injusticia te robara las alas. Pudiste con
el miedo, con la parálisis. Pudiste con el cuento que se estaban inventando.
Volaste.
Feliz viaje,
Patricia. Ojalá tu esencia impregne los vientres de las próximas mujeres apunto
de parir, porque necesitamos más guerreras como tú. Es una cuestión urgente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario