domingo, 15 de marzo de 2015

A Patricia Heras


Me entero tarde de tu historia, a destiempo (como me sucede con todo), y me devasta. Me quedo tan petrificada por fuera y tan efervescente por dentro, que no me queda más remedio que admitir que, desde entonces, sufro algún trastorno. Me obsesioné: primero, el documental vino a removerme las entrañas, a hilvanar mis arterias con hilos de terror, a desencajar mi mandíbula, a no tener más remedio que admitir que vivo en un sistema nauseabundo, a asumir que los seres humanos podemos ser los peores verdugos del resto de seres humanos en pos de los intereses más viles. Siento miedo. Las lágrimas me asfixian.

Después, corro a buscarte entre tus letras. A saber quién fue esa pobre víctima inocente y entonces te descubro. Creo que me enamoro un poco de ti en tu blog: chica inteligente, con un sentido del humor brillante, una sensibilidad literaria innegable, una forma de mirar propia, una sexualidad suya, un modo de vivir libre. Y una pena. Sea la que sea. Crónica. Una enfermedad del alma, una heridita emocional antigua. Tal vez un dolor que mitigar a diario; tal vez con letras, tal vez con drogas, tal vez con sexo. No sé si todo fue válido, o nada fue suficiente. Tu suicidio llega, no sé si a tiempo, pero viene a lo mismo. Entonces, vuelas.

Luego veo tus fotos. Eras francamente guapa, casi tanto como por dentro. Estabas, paradójicamente, tan viva, poeta muerta.

Yo también escribo, yo también tengo una heridita antigua que se remonta al principio de los tiempos, algo emocional, supongo. Yo tampoco entiendo nada, como tú cuentas. Pero yo no soy tan valiente como tú, yo me conformo y acato.

Tú no dejaste que la injusticia te robara las alas. Pudiste con el miedo, con la parálisis. Pudiste con el cuento que se estaban inventando.

Volaste.

 Feliz viaje, Patricia. Ojalá tu esencia impregne los vientres de las próximas mujeres apunto de parir, porque necesitamos más guerreras como tú. Es una cuestión urgente.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario