miércoles, 5 de agosto de 2015

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Aquellas tardes estaban como sacadas del cuento más bello, de la canción más triste, de los amigos que se van y nunca se marchan, de los besos desesperados de dos personas que se salvan hermosamente de la soledad, de los paseos al lado del amor, de las calcomanías que se pegan los niños en los brazos.

Con la luz justa y las palabras estallando en el momento preciso, diciendo justo lo único que en ese momento se debía oír.

Por eso la idea de que aquello acabaría siendo basura, que acabaría rodeado de moscas y de recuerdos que taladran el hígado, volaba. Por eso el serrín de los bares era polvo de hadas, y las canciones de desamor del rock más imbécil eran la banda sonora del peliculón del verano.

Por eso tú eras perfecto, una pulcra obra de ingeniería hecha con los pedacitos que le faltaban a mi puzle de carencias.

Pensar mataba, bang, bang. Y yo no pensaba.

Mirarnos las taras nos dejaría huecos como latas, clonk, clonk. Y yo miraba tus remates bonitos.

 

Aquellas noches se deslizaban despacio como el whisky por mi garganta. Música. Risas. Discurrir barato y sencillo. Mis zapatos. Tu camisa. Los besos. Un taxi, y hacer el amor.

 

Y, por si se pudiera pedir más, todavía otro día se disponía a amanecer.

 

Debí haberme quedado pegada a tus babas, no haber dejado de disertar acerca de chorradas mágicas. Lo importante, ¿qué era?

 Debí haberte enterrado en serrín y cantarte, para siempre, canciones del rock más imbécil. Haberte mostrado mis carencias.

Haberte matado: bang, bang.

Haberte hecho el amor en algún taxi.

Y haber detenido cualquier posibilidad de amanecer.

 

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