domingo, 7 de febrero de 2016

Instrumental (James Rhodes)

Instrumental, oigo. Instrumental vuelvo a escuchar. Estoy convencida de que hay palabras que son tantanes marcando alguna senda, repeticiones, ritmos, ecos que te llaman desde algún lugar, un latido tras el que intuyes una vida. Un chasquido que significa que algo se rompe.
Y luego están los pianos, que son los instrumentos más completos, son polifónicos, permiten tocar varios sonidos a la vez.

Y luego están los traumas, tantanes que marcan sendas, repeticiones y patrones, ecos antiguos que no dejan de llamarte, el latido que está detrás de la vida.

Pero existe la música: “La música me ha salvado la vida de una forma muy literal... Ofrece compañía cuando no la hay, comprensión cuando reina el desconcierto, consuelo cuando se siente angustia, y una energía pura y sin contaminar cuando lo que queda es una cáscara vacía de destrucción y agotamiento.”

Con Instrumental algo se me ha roto curándome, a la par que James recupera la salud, vomitando a la luz a esa bestia que fue su profesor de gimnasia, escupiendo el semen que le manchó los ojos de niño, que le lleno de sangre las piernas. Se cura remangándose y pulsando teclas, primero sobre su piano; después, sobre el folio en blanco. Pero antes, ¿qué? Antes de enjugarse los ojos de lágrimas se ha ido tocando los entresijos más mal que bien, levantándose la costra para volver a espantarse con la herida, pero eligiendo vivir casi de milagro: asomado a los paraísos artificiales, a las cuchillas, a los químicos, engendrando una suerte de hijo que le va a sujetar al mundo, más que la horca (“Mi hijo fue y sigue siendo un milagro. No voy a experimentar nada en la vida que pueda equipararse a la incandescente bomba atómica de amor que estalló cuando nació.¨), mal follando, queriéndose mal.

Llega Rajmáninov y le salva la vida porque el libro es un canto a la esperanza, a la belleza de ponernos en pie cada día. Rhodes toca para él, pero sobre todo toca para mí. Toca para ti.

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