Que
te llamen niña, que se aventuren a nombrarte milagro y no tener argumentos para
deshacer esa falta bendita, mirar en tu ombligo y encontrar que aún sangra con
la belleza que supone no tener que tratar de comprender nada de lo que está
fuera, simplemente porque te es dado, está expuesto para que alces la manita
que un día tuviste y acaricies todas las cosas, a todos los seres y te
comuniques con ellos como cuando no te hacía falta el idioma porque tocabas y
algo se rompía en ti, y entonces entendías, y sabías qué significaba la
electricidad que tenías delante.
Que
te vean niña y, sin necesidad de buscarla, la encuentres esculpida en todos los
momentos que de verdad importan, que sepas que, aunque andes recogiendo los
folios de la impresora, ella anda en el tejado tal vez en manga corta mirando a
los pájaros y sabiendo que no hay otro misterio más que ese, en ese momento;
más que el otro, en el momento que llegue. Fijarte en que has ido acumulando
cosas, acumulando culpa, acumulando dependencia y darte cuenta de que nunca has estado mejor equipada que con la desnudez que
venías de serie, bordada de ternura, de sabiduría, de ciencia.
Objetivamente
tu pelo es más largo, menos rizado, más oscuro. Sensiblemente no has cambiado
tanto, mantienes siempre una impertinencia en la punta de la lengua, una
pataleta al punto, una mentira sencilla. Y sin embargo.
La
asfixio para mostrarle cosas que no entiende, para que aprenda cosas que no
necesita, para que sea más civilizada en su salvajismo, más impura en su
pureza, la acerco a cualquier cosa alejándola del misterio de la vida,
acercándola a la falacia del sentido. Pero el sentido no es más que algo con lo
que saltamos al mundo, una ingeniería perfecta que se encuentra en la punta de
la nariz y que no conviene agitar para no perder el rumbo, algo así como el
laberinto membranoso del oído interno donde se encuentra el sentido del
equilibrio.
Mi
niña se enfada conmigo y me insulta y me saca la lengua, y me llama estúpida
porque pocas veces la comprendo, y se va a jugar lejos, donde no pueda sentirla,
y yo me asusto pensando que la he perdido. La voy a buscar siempre al lugar equivocado,
pregunto a personas que no hablan mi idioma, me dejo guiar por señores que buscan a
los niños, pero que nunca han visto a uno, ni saben de qué tamaño son, qué
fruta comen o por qué lloran.
Vuelve,
siempre acaba volviendo a buscarme, cuando se da cuenta de que no entiendo nada,
o de que estoy jugando lejos, o de que no me siente y se asusta pensando que me
ha perdido. Y me coge de la mano, me enseña los pájaros, los tejados, me habla
de ciencia y me cuenta algunas mentiras sencillas.
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