viernes, 5 de febrero de 2016

Niña


Que te llamen niña, que se aventuren a nombrarte milagro y no tener argumentos para deshacer esa falta bendita, mirar en tu ombligo y encontrar que aún sangra con la belleza que supone no tener que tratar de comprender nada de lo que está fuera, simplemente porque te es dado, está expuesto para que alces la manita que un día tuviste y acaricies todas las cosas, a todos los seres y te comuniques con ellos como cuando no te hacía falta el idioma porque tocabas y algo se rompía en ti, y entonces entendías, y sabías qué significaba la electricidad que tenías delante.

Que te vean niña y, sin necesidad de buscarla, la encuentres esculpida en todos los momentos que de verdad importan, que sepas que, aunque andes recogiendo los folios de la impresora, ella anda en el tejado tal vez en manga corta mirando a los pájaros y sabiendo que no hay otro misterio más que ese, en ese momento; más que el otro, en el momento que llegue. Fijarte en que has ido acumulando cosas, acumulando culpa, acumulando dependencia y darte cuenta de que nunca  has estado mejor equipada que con la desnudez que venías de serie, bordada de ternura, de sabiduría, de ciencia.

Objetivamente tu pelo es más largo, menos rizado, más oscuro. Sensiblemente no has cambiado tanto, mantienes siempre una impertinencia en la punta de la lengua, una pataleta al punto, una mentira sencilla. Y sin embargo.

La asfixio para mostrarle cosas que no entiende, para que aprenda cosas que no necesita, para que sea más civilizada en su salvajismo, más impura en su pureza, la acerco a cualquier cosa alejándola del misterio de la vida, acercándola a la falacia del sentido. Pero el sentido no es más que algo con lo que saltamos al mundo, una ingeniería perfecta que se encuentra en la punta de la nariz y que no conviene agitar para no perder el rumbo, algo así como el laberinto membranoso del oído interno donde se encuentra el sentido del equilibrio.

Mi niña se enfada conmigo y me insulta y me saca la lengua, y me llama estúpida porque pocas veces la comprendo, y se va a jugar lejos, donde no pueda sentirla, y yo me asusto pensando que la he perdido. La voy a buscar siempre al lugar equivocado, pregunto a personas que no hablan mi idioma, me dejo guiar por señores que buscan a los niños, pero que nunca han visto a uno, ni saben de qué tamaño son, qué fruta comen o por qué lloran.

Vuelve, siempre acaba volviendo a buscarme, cuando se da cuenta de que no entiendo nada, o de que estoy jugando lejos, o de que no me siente y se asusta pensando que me ha perdido. Y me coge de la mano, me enseña los pájaros, los tejados, me habla de ciencia y me cuenta algunas mentiras sencillas.

 

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