domingo, 7 de febrero de 2016

Los detectives salvajes


A primeros de año llega a mis manos Los Detectives salvajes. Éramos viejos amigos, habíamos compartido, en un mal momento, un profundo abrazo y habíamos errado en un coitus interruptus. Así que, nos miramos como viejos amantes, y empezamos a mordernos los labios.

Paso a ser un personaje más que se revuelca en las vanguardias latinoamericanas, me defiendo de ellas, dialogo con ellas, les llevo la contra. Porque con él hay que introducirse en la trama, usar su misma baraja, entender los guiños de ese mus, ver las cartas marcadas. Y, de este modo, participo de la baza de una novela, alrededor de la mesa, para hablar de poesía.

La primera parte se bebe, es agua, te lubrica y te prepara para lo que llega. Abres tus compuertas al puzle que va a introducirse dentro de ti, para que tú lo completes. Vas sacando las piezas y encuentras, entre ellas, al propio escritor que quiere contarte su historia, encarnado en Arturo Belano y acompañado de Ulises Lima, su compañero y poeta Mario Santiago, que buscan a Cesárea Tinajera. Para ello, yo, como lectora, tuve que convertirme en una detective, en cada una de las pistas que el libro va soltando, especialmente en la segunda parte, tronco central del libro. Aunque mi búsqueda poco tendrá que ver con Cesárea Tinajera que no es más que una excusa para dar movimiento a la bohemia de los poetas y, sin concretar mucho de ellos, acabar intuyéndolos siempre en movimiento.

El libro se acaba y se queda. Tú lo cierras pero te quedas. Eso no pasa todos los días.

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