A primeros de año llega a mis
manos Los Detectives salvajes. Éramos viejos amigos, habíamos compartido, en un
mal momento, un profundo abrazo y habíamos errado en un coitus interruptus. Así
que, nos miramos como viejos amantes, y empezamos a mordernos los labios.
Paso a ser un personaje más que
se revuelca en las vanguardias latinoamericanas, me defiendo de ellas, dialogo
con ellas, les llevo la contra. Porque con él hay que introducirse en la trama,
usar su misma baraja, entender los guiños de ese mus, ver las cartas marcadas.
Y, de este modo, participo de la baza de una novela, alrededor de la mesa, para
hablar de poesía.
La primera parte se bebe, es
agua, te lubrica y te prepara para lo que llega. Abres tus compuertas al puzle que
va a introducirse dentro de ti, para que tú lo completes. Vas sacando las
piezas y encuentras, entre ellas, al propio escritor que quiere contarte su
historia, encarnado en Arturo Belano y acompañado de Ulises Lima, su compañero
y poeta Mario Santiago, que buscan a Cesárea Tinajera. Para ello, yo, como
lectora, tuve que convertirme en una detective, en cada una de las pistas que
el libro va soltando, especialmente en la segunda parte, tronco central del
libro. Aunque mi búsqueda poco tendrá que ver con Cesárea Tinajera que no es
más que una excusa para dar movimiento a la bohemia de los poetas y, sin
concretar mucho de ellos, acabar intuyéndolos siempre en movimiento.
El libro se acaba y se queda. Tú
lo cierras pero te quedas. Eso no pasa todos los días.
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