La travesía, enero, el sobretodo
demasiado grande. Relájate, le explican. Por favor, le expresan. Y a ella que le
tiritan las piernas, que no le cumplen, que le tiembla el ser dentro del abrigo
negro, que las manos no son capaces con la fría barra de metal. Que ella no
lo exigió, que es el tiempo, la existencia; que es una puñeta descubrirse mayor.
Que desearía las piernas firmes, los muslos tersos, que pediría el trotecillo
de gato zascandil que yo acarreo cuando la rebaso. Y se me abate el alma. Próxima
a sus ruedecillas.
Ella que desfilaba para subirse
al ocho, que ha hecho membrillo y ha segado. Que ha abierto las propias piernas
que ahora no la sustentan para parir. Con fiereza. Concediendo con vida más
vida.
Que no puede, me comento. Que va
en oblicuo. Que me ahogan las lágrimas, que se me atraganta la joven que la escolta
y sus cuchicheos. Por favor, le dice. Que no puede, que no llega, que no le arrojes
tu propia lástima por arriba de su cabecita, por encima de ese abrigo negro que
es un saco que incapacitaría más, si cupiera.
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